

Nací en Gran Canaria y soy la hermana mayor de tres. Tengo raíces andaluzas y portuguesas, y parte de mi infancia la viví en Venezuela, una etapa muy feliz, en la que me movía libre, sin sentir que tenía que pedir permiso para existir.A los seis años regresé a España y todo cambió. Nuevo colegio, otro ritmo, una madre menos disponible. Además, yo era una niña que destacaba, y eso despertó rechazo en lugar de apertura. En mi intento por pertenecer fui aprendiendo que sobresalir tenía un precio y, casi sin darme cuenta, empecé a hacerme a un lado.Poco a poco me alejé de mi manera natural de ser. Me adaptaba para encajar y priorizaba lo que se esperaba de mí. Me daba vergüenza llamar la atención y mostrarme tal cual era, y eso fue marcando mi forma de relacionarme.Con los años comprendí que aquella experiencia, y otras que vinieron después, no solo me condicionaron; también orientaron mi camino profesional. Estudié Psicología porque quería comprender qué nos mueve a las personas, por qué pensamos, sentimos y actuamos como lo hacemos. Necesitaba poner palabras a lo vivido y encontrar una forma más libre y auténtica de estar en el mundo.Siempre he tenido el deseo de viajar y conocer otros lugares. A los 19 años me mudé a Irlanda, donde estudié inglés y trabajé como au pair. Posteriormente, viví en Alemania un par de años, y allí terminé mis estudios de Psicología.Luego, instalada en Galicia, es donde inicié mi trabajo como psicóloga. Allí cursé el máster en Intervención Psicoterapéutica y abrí mi primer espacio, "Psicoencuentro".Recuerdo esos comienzos con ilusión y también con cierto vértigo. Que alguien te confíe su historia y te muestre su vulnerabilidad es una gran responsabilidad, y yo quería estar a la altura. En mis primeras sesiones conté con la supervisión de Luis Ángel Saúl, profesor de universidad, que fue un apoyo muy importante en aquellos momentos.Cuando casi nadie trabajaba de forma online, empecé a ofrecer sesiones a distancia. Lo hice de manera sencilla, con los medios que había entonces. Para mí era una cuestión de coherencia: si alguien necesitaba apoyo, la distancia no debía impedirlo. Además, esta modalidad me permitió conciliar mejor mi vida profesional y personal.Desde el principio supe que no quería ser la típica psicóloga de bata blanca detrás de una mesa (o de una pantalla). Necesitaba estar al lado de la persona, no enfrente. Prefería sillones a escritorios formales. Quería un espacio de acogida, donde alguien pudiera sentirse cómodo y seguro, tratando de trasladar esas mismas sensaciones a la terapia online.Con el tiempo me di cuenta de algo importante: a todo aquello le faltaba el cuerpo. La palabra era valiosa, sí, pero no suficiente. Había emociones que no se regulaban solo hablando. Yo misma lo estaba experimentando. En un momento de crisis personal apareció el mindfulness, que me enseñó a escuchar el cuerpo y a dar espacio a lo que sentía. Después llegó el yoga, y entendí que sanar no es solo comprender, sino habitar lo que nos ocurre.Así fue tomando forma una manera más integradora de entender la psicoterapia y mi acompañamiento.En 2023, además, descubrí dos sistemas muy completos y potentes que llegaron a mi vida para quedarse: la biodanza y el Diseño Humano.Un año después llegó el lindy hop. La danza y el movimiento han supuesto el reencuentro con mi alegría de vivir. Me he reconciliado conmigo misma y he vuelto a disfrutar como una niña.Hoy acompaño, sobre todo, a mujeres que se han desconectado de sí mismas y han vivido a menudo priorizando a los demás.Ser madre de gemelos ha sido uno de los grandes regalos de mi historia, una experiencia que he disfrutado y vivido plenamente. Y también me ha permitido entender lo desafíos de la conciliación, la carga invisible y la intensidad emocional que muchas mujeres sostienen a diario.Mi trabajo es ayudarte a recuperar tu lugar con serenidad, a escucharte sin juzgarte y a vivir con mayor coherencia y amor propio.Y hay algo que resume mi manera de estar y de acompañar:“Sé amable contigo misma”.

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